Españoles atrapados en el infierno

14/02/2017 02:28 |0

Los últimos de Filipinas, un puñado de hombres que, tras 337 días de asedio, cerraron de forma dramática una página de la historia de España

T ras salir del infierno, la mayoría volvió a sus labores. Labradores, jornaleros, panaderos... Hombres corrientes, sencillos, casi todos pobres. Necesitados que no tuvieron la suerte de poseer las 2.000 pesetas con las que poder quedarse en casa, o que prefirieron las 50 que daban por embarcarse para ir al otro extremo del mundo. O, simplemente, los que ocuparon el lugar de esos otros hijos, vástagos burgueses que cumplían con la patria a golpe de talonario. Todos retomaron sus ocupaciones después de lo vivido en Baler, un lugar alejado de sus hogares en Filipinas. Ellos, junto a los oficiales que hicieron su trabajo, bien entrenado y aprendido, se quedaron en el recuerdo como los últimos representantes de una larga historia. La misma que se resumió en el sustantivo Imperio y que, al final, les obligó a guardar silencio. Porque pocos contaron lo que habían visto, sentido o sufrido. No les mereció la pena. Quizás porque, en aquella España derrotada, eran más útiles los héroes callados que los que apostaban por el recuerdo activo.

La historia de los últimos de Filipinas comenzó el 27 de junio de 1898 en Baler, un enclave situado en la costa oriental de Luzón. Meses antes, toda aquella zona, comprendida en lo que se conocía como provincia de Nueva Écija, se había convertido en un foco del contrabando de armas. Por esa razón, el comandante militar, capitán Antonio López Irizarri, solicitó refuerzos para apuntalar la vigilancia. Hasta ese momento, la guarnición estaba formaba por un cabo y cuatro guardias civiles. La respuesta a su petición fue el envío de 50 hombres al mando del teniente José Mota, que apenas contaba 19 años. El destacamento fue atacado una noche de octubre de 1897 y buena parte de sus miembros, incluido el joven teniente, murieron a machetazos.

En febrero de 1898, el vapor 'Compañía de Filipinas' llegó a Baler con el nuevo destacamento que habría de hacerse cargo de la seguridad. Al frente se hallaba el capitán de Infantería Enrique de las Morenas y los tenientes Juan Alfonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo. La oficialidad se completaba con el teniente médico Rogelio Vigil de Quiñones. A este cuerpo de mando se sumó el antiguo párroco del pueblo, Fray Cándido Gómez Carreño, un religioso que sabía perfectamente cómo se las gastaban los tagalos, pues había sido su prisionero. Su liberación y posterior unión al grupo del capitán De las Morenas estuvo condicionada a que les transmitiera la conveniencia de rendirse. En total, el grupo lo formaban 55 hombres, todos ellos pertenecientes al Batallón de Cazadores número 2.

Los ataques a la nueva guarnición no se hicieron esperar. Los combates se iniciaron a finales de junio de 1898. El nutrido cuerpo de atacantes y el hecho de que estuvieran bien armados obligaron a tomar la decisión de refugiarse en la iglesia, un edificio de construcción más sólida. Todos los víveres y las municiones disponibles fueron trasladados allí. Convencido de las dificultades que se avecinaban, De las Morenas ordenó abrir un pozo en el patio del convento. «Por fortuna, a los cuatro metros de profundidad, se halló en abundancia agua potable», escribió el soldado Ramón Buades Tormo en su relato sobre lo sufrido aquellos meses. A partir de entonces comenzó el sitio propiamente dicho. Corría el 2 de julio de 1898 y la iglesia de Baler se había convertido en el último reducto de un ejército derrotado, detalle que ignoraban los que allí se encontraban.

Los sitiadores se hicieron fuertes en sus posiciones alrededor de la iglesia. La tenían a su merced. No había más que hostigar y someter a los españoles a un fuego constante, sin tregua. Imposible salir de allí con vida. Los defensores, por su parte, sólo disparaban cuando tenían seguro hacer blanco. Sin embargo, a la amenaza de los tagalos se unió otra que, a la postre, supondría una presión mayor que las balas enemigas: la escasez de alimentos frescos. Con una dieta a base de arroz, tocino y sardinas en salazón, el beriberi -una enfermedad mortal que daña las fibras nerviosas provocando insensibilidad, pérdida de tono muscular y vómitos- hizo acto de presencia. Un cruel aliado de los atacantes. Para aumentar más la ansiedad, a comienzos de agosto se acabó el vino y el tabaco, «para algunos indispensables (...), añadiendo una nueva privación a las muchas ya padecidas», añadía Buades Tormo.

Un rancho infecto

El teniente médico construyó una pequeña huerta en el patio de la iglesia, donde plantó pimientos, tomates y calabazas silvestres. Pero no era suficiente. La enfermedad tenía las puertas abiertas y un buen puñado de víctimas a su merced. El primero en caer fue el padre Cándido Gómez. No tardaron en seguirle otros, entre ellos el jefe del destacamento Juan Alonso Zayas y el propio capitán De las Morenas, lo que provocó que el teniente Martín Cerezo se hiciera cargo de la misión, diezmada también por el plomo de los tagalos. Varios soldados fueron heridos, uno de ellos el médico, también enfermo a esas alturas de beriberi.

Por la Navidad de 1898, la falta de víveres, que se reducían a tocino rancio, sardinas saladas y poco más, obligó a perfilar incursiones militares conducentes casi en exclusiva a obtener algún tipo de verdura o fruta de huertas cercanas. Casi no importaba el enemigo, lo perentorio era conseguir algo para comer. Las ratas, los insectos, todo lo que volaba, andaba o reptaba había pasado a formar parte del rancho.

El 14 de enero de 1899, los filipinos detuvieron su ataque. Querían parlamentar. Para sorpresa de Martín Cerezo, el hombre que se acercó a ellos se identificó como el oficial español Miguel Olmedo Calvo. Su mensaje era claro. En nombre del Capitán General Diego de los Ríos, entregó un escrito que decía: «Habiéndose firmado el Tratado de Paz entre España y los Estados Unidos y habiendo sido cedida la soberanía de estas islas a la última nación citada, se servirá usted de evacuar la plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del tesoro, ciñéndose a las instrucciones verbales que de mi orden le dará el capitán de Infantería Olmedo Calvo». Tras la lectura, Martín Cerezo dudó. El documento no le convencía. No llevaba la numeración oficial y, además, el capitán iba vestido de paisano. No, aquello no podía ser verdad. Era una trampa, ante la cual no quedaba otra que resistir.

Después de siete meses acorralados, aquellos hombres de Baler, cansados, embrutecidos, empezaron a sufrir los golpes de la desesperanza. Para algunos, la angustia fue tan grande que optaron por la deserción. Tres soldados fueron detenidos y, tras ser juzgados, retenidos con grilletes. Frente a ellos, los filipinos mostraban paciencia. Conscientes del grado de desesperación de los españoles, echaron mano de recursos alejados de los convencionales en la guerra. Se cuenta que llegaron a mostrar a mujeres semidesnudas, e incluso a parejas que simulaban realizar el acto sexual. Todo ello con el objetivo de dinamitar la moral de unos hombres casi acabados.

El tocino rancio y las habichuelas se acababan. El arroz, descascarillado -enorme error, pues era en la cáscara donde se hallaba la vitamina B-, también escaseaba. ¿Qué más podía pasar? En el interior de la iglesia, hombres harapientos, desnutridos, rodeados de un olor nauseabundo, mezcla de sudor, orín y muerte, yacían tumbados o esperaban acontecimientos sentados, ni siquiera podían mantenerse en pie.

En abril de 1899 se produjo un frustrado intento de rescate por parte de un grupo de marines de la Armada estadounidense, a bordo del buque 'Yorktown'. Pero, como señala Enrique de la Vega Vigura en su artículo 'El sitio de Baler: los últimos de Filipinas': «El desastre fue total; el oficial que los mandaba y 15 marines fueron muertos, obligando al resto a retirarse, alejándose el buque y dejando abandonados a los españoles». Todo parecía inútil.

Los tagalos incrementaron los ataques en mayo. Llegaron hasta los mismos muros de la iglesia, lo que obligó a luchar casi cuerpo a cuerpo. Fueron rechazados. A finales de ese mes se intentó una nueva mediación. El parlamentario se identificó como el teniente coronel Aguilar Castañeda, que acudía en nombre del general De los Ríos. Martín Cerezo tampoco le dio crédito. «¡Pero, hombre!, ¿qué tengo que hacer para que usted me crea, espera que venga el general Ríos en persona?», le espetó Aguilar. A lo que Martín Cerezo contestó: «Si viniera, entonces sí que obedecería las órdenes». No había más que hablar. No se rendían.

El 1 de junio, ante la imposibilidad de resistir en la iglesia, Martín Cerezo comunica su intención de marchar hacia la costa con la esperanza de poder encontrar algún buque que los auxiliara. Antes, y en cumplimiento de la ley militar, ordenó fusilar a los dos desertores presos. Al día siguiente, tomó los periódicos viejos que le había proporcionado el teniente coronel Aguilar en el último parlamento. Y entonces se dio cuenta. Leyó una noticia que hacía referencia a un hecho que sólo podía saber él: «Que su amigo y compañero el teniente Francisco Díaz Navarro pasaba destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado en secreto el propio Díaz Navarro». No se equivocaban, cierto. La guerra había terminado. Era el 2 de junio de 1899.

Tras 337 días de asedio, 33 hombres abandonaron la iglesia en formación de tres y con las armas al hombro. Los filipinos, entre la sorpresa y la incredulidad, les hicieron pasillo. Tenían mérito aquellos soldados. ¿Locos? ¿Héroes? Pasaron a la historia como 'los últimos de Filipinas'. Y, aunque no lo fueron en verdad, sí fueron los encargados de cerrar una página de la historia. Todos retomaron sus vidas después de haber estado en el infierno. Volvieron a casa y callaron. Hablaron poco. Demasiado poco para conocer la verdad por completo.

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