Quien calla, otorga vida

13/01/2017 00:06 |0

Francia hace a todos sus habitantes donantes de órganos por defecto. Ya no hará falta preguntar a las familias y solo dejarán de serlo si se inscriben en un registro oficial

Aunque hace ya año y medio que la aprobaron, Francia inicia 2017 estrenando una ley que convierte a todos sus ciudadanos en donantes de órganos a no ser que hayan corrido en vida a inscribirse en lo que han bautizado como Registro Nacional de Oposición. La nueva norma, que endurece la ley de consentimiento presumido vigente hasta ahora, ha levantado en armas a un buen número de franceses. Y es que, aunque nadie duda de que la intención es buena, hay muchas voces, expertos incluidos, que no creen que esa sea la mejor manera de animar a la gente a ser solidaria y de ayudar a potenciar una práctica que puede devolvernos la vida, en un momento determinado, a cualquiera.

La realidad gala

Pioneros

Francia fue uno de los pioneros en regular la terapia del trasplante. Lo hizo en 1976, mucho antes que la mayor parte de los países del sur de Europa. A pesar de los problemas que hoy afrontan por el incremento de la demanda y los numerosos rechazos de las familias, siguen estando en la vanguardia mundial, con una tasa de 25,3 donantes por millón de habitantes.

Diversidad de opiniones

La propuesta de imponer el consentimiento presunto no ha sido muy bien acogida por los médicos galos, que la consideran «un acto brutal contra las familias» y han adelantado que «ningún médico va a extraer los órganos de una persona sin el consentimiento de sus allegados». Lo curioso es que la ley ha partido de un diputado que, además de velar por los intereses de sus conciudadanos, es médico especialista en trasplantes.

40%

En Francia, cuatro de cada diez familias de fallecidos rechazan que sus órganos sean transplantados.

6%

ha crecido en Francia el número de donantes en los últimos nueve años. Una cifra muy baja, que ni de lejos se aproxima al aumento de las necesidades de órganos en la Sanidad gala. En España, solo en el último año aumentó un 11%.

La situación en el país vecino viene complicándose desde hace casi una década. Desde 2007, Francia ha visto incrementarse las listas de espera de trasplantes un 46% mientras, en ese mismo periodo, el número de personas dispuestas a permitir que se aprovechen sus cuerpos después de muertos solo ha crecido un 6%, básicamente porque el 40% de los familiares se niega a permitirlo.

«En nombre de la solidaridad nacional elegimos el principio de presunción de consentimiento. Todos serán donantes de órganos a no ser que decidan negarse a ello. Aquellos que no quieran donar después de morir deberán acudir al Registro», explica estos días la Agencia de Biomedicina de Francia en su web, oficializando esta nueva vuelta de tuerca.

El argumento de quienes defienden esta ley que trae de cabeza a los galos en muy simple: si hay pocos donantes porque se pregunta al entorno del muerto y este, mayoritariamente, se niega, eliminemos ese engorroso procedimiento y que sea el que ha pasado a mejor vida el que exprese sus deseos antes de dejar este mundo. Basándose en la evidencia de que la mayor parte de los humanos tenemos bastante con atender nuestras necesidades diarias, los políticos franceses han dado por hecho que muy pocos tendrán tiempo, o ganas, de dejar zanjado ese asunto antes de partir y, por lo tanto, se convertirán en donantes por defecto. Y algo de razón deben tener, porque hasta ahora, en un país de 65 millones de habitantes, solo 150.000 personas se han inscrito en el famoso registro declarándose oficialmente hostiles a la donación.

Aunque visto así no parece tan mala idea, expertos de la talla de Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes, el hombre que está a punto de volver a colocar a España a la cabeza mundial en esta materia por vigésimo quinto año consecutivo, no cree que ese sea el camino. En su opinión, si las cosas fueran tan sencillas, cualquier país, España incluida, con una ley de consentimiento presumido en vigor, tendría un número de donantes muy similar al de defunciones, y eso está aún muy lejos de ser una realidad. «El problema es que las cosas no funcionan así. Ni la gente acepta tan fácilmente que se extraigan los órganos de su familiar, por muchas leyes que lo avalen, ni hay muchos médicos dispuestos a hacerlo con la familia en contra», plantea el experto.

El director de la Organización Nacional de Trasplantes, que hace justo un año fue llamado a consultas por el Parlamento francés, en donde miran con envidia que a este lado de los Pirineos la tasa de negativa familiar apenas supere el 15%, no cree que se pueda aumentar el número de donaciones a golpe de decreto.

En 1976 –tres años antes de que España aprobara su propia ley al respecto–, todos los franceses se convirtieron en donantes de órganos tras su muerte aceptado el principio del consentimiento presumido. Sin embargo, como ocurre en España, en donde también todos somos donantes salvo que en vida nos hayamos manifestado en contra, bastaba la oposición de los familiares del difunto para abortar cualquier trasplante. Desde entonces, mientras aquí la maquinaria organizativa, la formación de los profesionales implicados en el proceso y, en definitiva, el trabajo de la ONT, nos ha convertido en líderes mundiales, a ellos siguen sin salirles las cuentas.

Por eso, a partir de ahora, los médicos franceses se asegurarán de que esa persona no figura en el Registro Nacional de Rechazo en el momento de la muerte. También conversarán con la familia para averiguar si el fallecido alguna vez expresó su oposición oral o escrita a la donación de sus órganos o tejidos, pero el hecho es que la ausencia de manifestación anterior al fallecimiento valdrá. Eso será suficiente como aceptación implícita para todos los residentes en Francia, en donde en 2015 se realizaron 5.746 trasplantes con órganos de personas muertas; un 7% más que el año anterior pero, sin duda, una cantidad muy alejada de lo deseable ya que, mientras el número de donantes crece con una parsimonia exasperante, el de pacientes necesitados de órganos se sitúa actualmente en 21.378, casi el doble que hace diez años.

Líderes de nuevo

España ha vuelto a liderar en 2016 el ránking mundial en trasplantes. Aunque no será hasta hoy cuando Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes, haga público el balance del año que acabamos de despedir, ayer adelantó que nos mantendremos, por vigésimo quinto año consecutivo, a la cabeza del planeta. «Ha sido un año espectacular», afirmó ayer. La realidad es que las cosas ya apuntaban bien a mediados de 2016. La tendencia creciente que ha experimentado nuestro país en el campo de la donación y el trasplante en los últimos tres años continuó en el primer semestre, cuando los datos provisionales de la ONT reflejaban un aumento de un 11% en el número total de donantes. Todo apunta a que habremos alcanzado la cifra histórica de 2.000 donantes, situándonos cerca de los 43 por cada millón de habitantes. Un récord.

Un asunto delicado

Matesanz, que está a punto de dejar la dirección de la organización después de 28 años, recuerda que cuando en España, tras un buen número de larguísimas discusiones, se aprobó la ley de trasplantes, se montó un lío del demonio. «Su filosofía de consentimiento presunto, similar por otro lado a la de la mayoría de los países no anglosajones, hizo incluso que los tabloides ingleses alertaran a los turistas del riesgo de venir a España porque, según decían, sus órganos podrían ser nacionalizados por ley». Un año después, el decreto que desarrolló la ley aclaraba que la forma de expresar en vida la oposición a la donación podía hacerse «sin sujeción a formalidad alguna»; vamos, que no hacía falta redactar un testamento vital o haber recordado cada mañana a nuestros parientes que estábamos dispuestos a permitir que aprovecharan todo aquello que quedara en buen estado cuando hubieramos muerto, para convertirnos en donantes.

Los hechos confirman que esa idea fue entendida por todos porque la realidad es que, en España, basta una conversación para seguir adelante o paralizar el proceso incluso hoy en día, desaparecida esa frase de posteriores decretos. «Aquí nadie hace nada sin que los parientes cercanos, o incluso los amigos si no tiene familia, expresen su convencimiento de que el fallecido estaría conforme».

De que, si no hay familia, deben hacerse todos los esfuerzos por localizar a alguien cercano –incluidos complejos contactos consulares–, y de que caso de no conseguirlo es finalmente el juez el que da el consentimiento, da fe José Luis López del Moral, uno de los expertos integrantes del equipo que se encargó de la actualización de la ley. «En España muy poca gente hace testamento. Nos gusta la vida y no pensamos demasiado en lo que pasará cuando ya no estemos aquí, pero en nuestro sistema oponerse está al alcance de cualquiera sin necesidad de ningún registro de forma. Basta con que cualquier pariente cercano, incluso un amigo, sepa que no queremos que utilicen nuestro cuerpo cuando hayamos muerto. De la misma manera, no es necesario convertirnos oficialmente en donantes, es suficiente con que quienes dejamos aquí entiendan que hemos sido personas solidarias, que creíamos en nuestro sistema de salud y que siempre hemos estado dispuestos a ayudar», asegura el magistrado, precisando que el consentimiento presumido funciona en sociedades avanzadas y solidarias. «La disyuntiva es bien simple: elegimos entre permitir que un órgano se pudra o ayudar a alguien a seguir viviendo. Entre ser solidario o no serlo».

TEMAS

Noticias relacionadas

Lo más

COMENTARIOS

©IDEAL

Utilizamos “cookies” propias y de terceros para elaborar información estadística y mostrarle publicidad, contenidos y servicios personalizados a través del análisis de su navegación. Si continúa navegando acepta su uso. Más información y cambio de configuración..

x