Así se cultiva la nieve en Sierra Nevada y otras estaciones españolas

08/01/2017 02:15 |0

Las estaciones combaten la falta de precipitaciones mimando el oro blanco hasta conseguir que se multiplique. Las hay que incluso movilizan camiones y helicópteros para acarrearla a cotas bajas

Las estaciones de esquí escenifican desde hace ya unas cuantas temporadas la versión en altura del milagro bíblico de los panes y los peces. Los encargados de las pistas son capaces de hacer que los cuatro copos de nieve caídos del cielo se multipliquen de forma que las instalaciones puedan mantenerse operativas a pesar de la ausencia absoluta de precipitaciones. La traslación a la alta montaña del prodigio que Jesús obró en las orillas del mar de Galilea es posible gracias a los avances que ha experimentado la innivación artificial y también al esfuerzo de los encargados de mantenimiento, que en un último alarde no dudan en movilizar camiones e incluso helicópteros para acarrear nieve a las cotas más bajas.

En cifras

30% de los ingresos de las estaciones de esquí se obtienen durante la semana del puente de la Constitución y navidades. Las estaciones vendieron en 2014 forfaits por valor de 114 millones de euros. El 80% de la riqueza de las comarcas de montaña tiene su origen en el esquí.

Francia, a la cabeza de Europa

España es el séptimo país europeo que más forfaits vende (en torno a 5,1 millones anuales). El líder indiscutible es Francia, que gracias a sus estaciones en los Alpes y Pirineos factura en torno a 54 millones de forfaits. Le sigue muy de cerca Austria, con 52 millones. Más atrás se sitúan Italia (30,5 millones) y Suiza (23 millones).

Andorra, líder peninsular

Grandvalira, en Andorra, encabeza el ranking de estaciones peninsulares con 1,6 millones de forfaits anuales. Según datos de 2014, le siguen Sierra Nevada (781.210), Baqueira Beret (772.555) y la también andorrana de Vallnord (741.343), producto de la fusión de Pal Arinsal y Arcalís. Formigal completa el quinteto con 543.412 entradas vendidas en 2014.

En el Pirineo no cae una buena nevada desde hace ya seis semanas. El anticiclón que se ha instalado en la mitad norte peninsular ha cerrado el paso a cualquier precipitación desde el mes de noviembre. La sequía se deja notar en las tonalidades parduzcas de las praderas pirenaicas, que se muestran más desnudas que nunca. A pesar de la ausencia de nieve, casi todas las estaciones de esquí alpino de la cordillera se mantienen operativas. «En Formigal y Panticosa estamos mejor que el año pasado por estas fechas», apuntan desde Aramón, la empresa pública que gestiona algunas de las principales estaciones de esquí aragonesas. La tónica en el resto del Pirineo es similar: salvo excepciones puntuales como Boi Taüll o Cerler, con unas condiciones de innivación excepcionales debido a la orientación de sus pistas, casi todas las estaciones están al 50%.

«Tenemos una memoria meteorológica muy mala», sonríe José Antonio Villacampa, que es el responsable de mantenimiento de las pistas de Aramón. Villacampa empezó a trabajar en Formigal hace ya más de tres décadas, cuando los cañones para la producción de nieve eran poco más que una fantasía. «En aquella época las estaciones dependían por completo de la nieve natural y eso provocaba una discontinuidad tremenda. Si no había nieve, y eso ocurrió durante muchas temporadas a finales de los ochenta y principios de los noventa, la estación tenía que cerrar y los que trabajábamos en ella nos quedábamos con los brazos cruzados mirando al cielo. Desde que se instalaron los cañones las cosas han cambiado por completo: las estaciones permanecen abiertas muchos más días y los empleados tenemos garantizada una estabilidad que antes no había».

Los que llevan años trabajando en pistas son conscientes de que sin los cañones sería imposible mantener las estaciones abiertas. «Hace unos años no hubiésemos tenido más remedio que cerrar después de tanto tiempo sin nieve», admite Villacampa. El responsable de pistas ha sido un testigo privilegiado de la evolución tecnológica que ha hecho posible el milagro de los copos. «Empezamos con unos cañones que había que regular a ojo. Tenías que acercarte a ellos, abrir las válvulas y manipularlas hasta conseguir la mezcla de aire y agua idónea; te empapabas hasta los huesos hasta que acertabas con la combinación y empezaba a salir nieve».

Los primeros artilugios consumían cantidades ingentes de luz y agua. Además, las condiciones térmicas y de humedad para la producción de copos eran mucho más restringidas. «Por encima de dos grados bajo cero no había nieve», recuerda el pistero. La última generación de cañones permite producir copos incluso con el termómetro en positivo. «Se ha avanzado muchísimo, y encima los consumos han disminuido una barbaridad: si antes producir un metro cúbico de nieve requería un gasto de seis a diez kilowatios, ahora se hace lo mismo con dos kilowatios». Además, el trabajo se ha simplificado en la medida en que todo el proceso está automatizado y se controla por medio de un ordenador central. Los cañones solo se visitan cuando dan problemas, algo que ocurre cada vez con menor frecuencia.

La ‘artillería’ es el principal recurso para paliar la escasez de precipitaciones. Pero cuando las temperaturas impiden el funcionamiento de los cañones, algunas estaciones movilizan camiones e incluso helicópteros para trasladar nieve de las cotas altas a las más bajas. Es lo que hizo por ejemplo hace tres semanas Baqueira Beret, que recogió sacos de nieve de las partes más elevadas y los repartió por los corredores que tienen un menor espesor. Se trata de una técnica que se utiliza también en algunas estaciones de los Alpes cuando la nieve empieza a escasear y las temperaturas son más altas de lo habitual. Cada instalación tiene sus propios recursos en situaciones así: algunas mantienen fuera de uso ciertas pistas para aprovechar esa nieve cuando se prevé una mayor afluencia de público, otras almacenan la nieve que ‘fabrican’ los cañones en una suerte de neveros... El abanico de recursos crece a medida que la tecnología evoluciona y conceptos como el ‘snow farming’, que consiste en capturar nieve en paneles verticales, una técnica que se experimenta en Estados Unidos, empiezan a perfilarse como alternativa ante la escasez de precipitaciones.

En las estaciones son optimistas y creen que la evolución tecnológica permitirá paliar el problema de la falta de nieve. «No sé si se puede o no hablar de cambio climático, eso lo deben determinar los meteorólogos, pero lo que sí puedo asegurar es que este año estamos mejor que el pasado por estas fechas a pesar de que ha nevado menos», observa Andrés Pita, subdirector de Astún, otra de las instalaciones clásicas del Pirineo aragonés. A pesar de la irregularidad en las precipitaciones, las temporadas de esquí se prolongan hasta los 150 días, algo del todo impensable décadas atrás. «Ahora se abre en otoño porque el puente de diciembre es muy goloso, cuando antes se esperaba al menos hasta Navidad, y nos mantenemos al pie del cañón hasta bien entrada la primavera. La combinación de tecnología y experiencia –sentencia el número dos de Astún– nos permite estirar la nieve como nunca».

Cambio en la meteorología

Evolución tenológica

Cañones de tercera generación

La producción de nieve se ha revelado como uno de los grandes negocios del siglo XXI. Todas las estaciones de esquí han tenido que recurrir a los cañones para garantizar unos espesores mínimos que les permitan seguir en activo a pesar de la falta de precipitaciones. Las primeras instalaciones de nieve artificial se pusieron en marcha en los Alpes en los años setenta. La Molina fue pionera en la introducción de los cañones en España. Fue en 1985 y desde entonces todas las estaciones españolas los han incorporado. Las primeras instalaciones eran muy rudimentarias y consumían cantidades ingentes de agua y electricidad, lo que les valió la oposición de los grupos ecologistas, muy críticos con su impacto. La evolución de la tecnología ha mejorado de forma espectacular el rendimiento de los cañones y ha minimizado sus consumos. Casi todas las pistas equipan ya instalaciones de innivación artificial de tercera generación. Aunque los ecologistas mantienen su rechazo a los cañones, han suavizado sus críticas después de certificar que son indispensables para el funcionamiento de la industria del esquí, que genera el 80% de los ingresos de las comarcas de montaña y es la principal salida laboral para sus habitantes.

Hay estaciones que por su más modesta altitud y orientación no pueden ni siquiera aprovechar sus cañones y no tienen más remedio que permanecer cerradas. Es el caso de las asentadas en la Cordillera Cantábrica. Alto Campoo, Lunada, San Isidro, Manzaneda y Valgrande Pajares ni siquiera han estrenado el invierno. Otras como Valdezcaray, en el Sistema Ibérico, y la Pinilla y Navacerrada, en el Sistema Central, tampoco tienen nieve suficiente para garantizar el acceso a esquiadores. En Sierra Nevada, en cambio, disfrutan de unas condiciones excepcionales, con espesores de nieve que llegan a los dos metros y la práctica mayoría de las pistas abiertas.

En el norte de Europa no están mucho mejor que en España. Quienes tuvieron oportunidad de contemplar los saltos de trampolín que se televisan el día de Año Nuevo pudieron comprobar que la estación alemana de Garmish Partenkirchen, cerca de la frontera austriaca, estaba totalmente desprovista de nieve. En los Alpes la sequía amenaza con batir marcas y los cañones trabajan a todo ritmo para mantener los pasillos de nieve de las pistas principales.

La estabilidad atmosférica que es responsable de tan peculiar situacion meteorológica parece tener sus días contados. La entrada el fin de semana de un frente por Galicia va a desbaratar el régimen anticiclónico de las últimas semanas y traerá precipitaciones que en lo más alto seguro que dejan algo de nieve. El invierno está aún en sus primeros compases y no sería extraño que dentro de unas cuantas semanas las estaciones pudiesen prescindir de sus cañones de innivación artificial. En el Pirineo aún se recuerda que el invierno de 2013, que empezó también muy seco, se registraron nevadas históricas que obligaron a cerrar las pistas por derrumbes de tendidos eléctricos y riesgos de avalanchas. Aquella temporada se llegaron a acumular en algunas estaciones espesores de hasta 15 metros, una marca difícil de igualar. «Nos conformamos con la mitad», sonríe cauto José Antonio Villacampa, el responsable de pistas de Formigal.

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